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¿Tu hijo dice que se aburre? Lo que la psicología nos enseña sobre el aburrimiento (y por qué no siempre deberíamos evitarlo)

  • 21 jul
  • 5 min de lectura

Actualizado: 23 jul



"Mamá, me aburro."


Probablemente sea una de las frases que más escuchamos durante las vacaciones. Y casi siempre provoca la misma reacción: empezamos a buscar una actividad, proponemos juegos, sacamos materiales o pensamos en un nuevo plan para mantener a los niños ocupados.


Pero ¿y si esa no fuera la respuesta?


La psicología lleva años estudiando el aburrimiento y hoy sabemos algo muy interesante: el aburrimiento no es un problema que haya que eliminar cuanto antes. Es una emoción con una función muy concreta. Entender esa función puede ayudarnos a acompañar mejor a nuestros hijos y, sobre todo, a dejar espacio para que desarrollen habilidades que difícilmente aparecen cuando cada minuto del día está planificado.


1. Aburrirse no significa "no tener nada que hacer"

Cuando pensamos en el aburrimiento solemos imaginar a un niño sin actividades o sin juguetes. Sin embargo, desde la psicología la definición es muy diferente.


El investigador John D. Eastwood y su equipo describen el aburrimiento como la experiencia desagradable de querer involucrarse en una actividad satisfactoria, pero no conseguir encontrarla.


Es una diferencia importante. Un niño puede tener una habitación llena de juguetes y seguir sintiéndose aburrido. Y otro puede disponer únicamente de una caja de cartón y pasar una hora completamente absorto construyendo un castillo.


El aburrimiento no depende tanto de la cantidad de cosas que tenemos delante como de nuestra capacidad para conectar con una actividad que despierte nuestro interés.


2. El aburrimiento tiene una función

Durante mucho tiempo se consideró una emoción negativa que había que evitar.

Hoy sabemos que cumple una función adaptativa. El aburrimiento le está diciendo al cerebro:

"Lo que estás haciendo ahora ya no te resulta suficientemente interesante o significativo. Es momento de buscar otra cosa."


En otras palabras, el aburrimiento no intenta fastidiarnos. Intenta ponernos en movimiento. Igual que el hambre nos impulsa a buscar comida o la sed nos lleva a beber agua, el aburrimiento nos empuja a buscar nuevas experiencias, nuevos retos o nuevas formas de relacionarnos con nuestro entorno.


3. El verano necesita espacios vacíos

Vivimos con la sensación de que un buen verano es un verano lleno de planes.

Campamentos.

Piscina.

Viajes.

Excursiones.

Visitas a la familia.

Y todo eso está muy bien.

Pero entre un plan y otro también debería haber pequeños espacios vacíos.

Momentos sin horarios.

Sin actividades organizadas.

Sin adultos indicando constantemente cuál es el siguiente paso.

Los niños también necesitan descansar.

Necesitan bajar el ritmo.

Volver a coger ese libro que dejaron a medias.

Reencontrarse con un juguete olvidado.

Tumbarse un rato.

Observar.

Pensar.

Porque descansar también forma parte del desarrollo.

Y muchas veces es precisamente desde esa calma desde donde nace la curiosidad.


4. Nuestro primer impulso suele ser resolver el aburrimiento

Cuando un niño dice:

"Me aburro."

Muchos adultos sentimos que tenemos que hacer algo inmediatamente.

— ¿Quieres pintar?

— ¿Jugamos?

— ¿Leemos un cuento?

— ¿Vamos al parque?

Sin darnos cuenta, convertimos el aburrimiento en un problema que debemos solucionar.

Pero quizá no nos corresponde responder esa pregunta.

Solo el propio niño sabe qué le interesa en ese momento.

Nuestro papel no es convertirnos en el departamento de entretenimiento de la casa.

Nuestro papel es estar disponibles.

Abrir un armario.

Bajar un material.

Ayudar si lo necesita.

Pero dejar que sea él quien haga el trabajo de encontrar aquello que despierte su interés.

Porque aprender a gestionar el aburrimiento también es una habilidad.


5. Lo verdaderamente interesante empieza después del "me aburro"

Aquí ocurre algo fascinante.

Cuando el cerebro detecta que necesita encontrar una actividad más satisfactoria, pone en marcha un proceso de búsqueda.

Empieza a hacerse preguntas.

"¿Qué puedo hacer ahora?"

"¿Qué otra cosa podría probar?"

"¿Y si utilizo esto de otra manera?"


Desde la psicología cognitiva sabemos que, en ese momento, el cerebro comienza a explorar alternativas, recuperar experiencias previas, comparar posibilidades, evaluar opciones y probar soluciones.


Es decir, entra en un auténtico proceso de investigación.


Y eso ocurre mucho antes de que aparezca un dibujo, una construcción o cualquier otro resultado visible.



6. La creatividad empieza mucho antes de crear algo

Existe una idea muy extendida de que la creatividad consiste en producir algo original.

Pero, en realidad, empieza antes.

Empieza cuando un niño vuelve a mirar las mismas cosas con otros ojos.

Cuando una caja deja de ser una caja.

Cuando una tela se convierte en una capa.

Cuando unos corchos pasan a ser los muebles de una casa de muñecas.

Cuando se pregunta:

"¿Qué otra cosa podría hacer con esto?"

No porque el aburrimiento genere creatividad de forma automática.

Sino porque ese proceso de búsqueda amplía las posibilidades que el cerebro es capaz de imaginar.


7. La creatividad necesita oportunidades, no juguetes caros

Una de las conclusiones más interesantes de la investigación es que el entorno importa.

Pero un entorno rico no significa un entorno lleno de juguetes.

Significa un entorno lleno de posibilidades.

Una caja de cartón.

Retales de tela.

Tubos de cartón.

Tapones.

Pegamento.

Cinta adhesiva.

Palos.

Hilo.

Papel.

Herramientas adaptadas a la edad.

Un ordenador viejo que ya no funciona y que puede desmontarse para descubrir qué hay dentro.

Mi hija, por ejemplo, utiliza sus Barbies junto con cajas de cartón, corchos y retales de tela para construir muebles, tiendas de campaña o nuevos escenarios para sus historias.

No necesita comprar un accesorio nuevo.

Necesita materiales que pueda transformar.

Los materiales abiertos no hacen el trabajo por el niño.

Le invitan a imaginar qué podría hacer con ellos.


8. Pero hay algo todavía más importante que los materiales: el permiso

Podemos tener una casa llena de posibilidades.

Pero si todo es demasiado delicado.

Si nada puede tocarse.

Si todo tiene una única función.

Si siempre existe miedo a romper algo.

Será muy difícil que aparezca la exploración.

Los niños necesitan sentir que tienen permiso para probar.

Para combinar materiales.

Para desmontar.

Para equivocarse.

Para volver a empezar.

La creatividad no crece solo donde hay materiales.

Crece donde existe la libertad para experimentar.


9. ¿Y las pantallas?

Las pantallas forman parte de la vida de muchas familias y no tienen por qué desaparecer. Pero quizá merece la pena preguntarnos cuándo aparecen.


Si se convierten en la primera respuesta al aburrimiento, el proceso de búsqueda apenas llega a comenzar. El cerebro encuentra una recompensa inmediata y deja de explorar otras posibilidades.


No se trata de prohibirlas. Se trata de dejar espacio, antes de recurrir a ellas, para que aparezcan las ideas propias.


Entonces... ¿debemos dejar que los niños se aburran?

La respuesta no es exactamente sí.

Tampoco no.


Lo importante no es que un niño se aburra.

Lo importante es qué ocurre después.

Cuando un niño dispone de tiempo, autonomía, un entorno rico en posibilidades y un adulto disponible —pero no directivo—, ese aburrimiento puede transformarse en búsqueda, exploración, juego simbólico, resolución de problemas y, finalmente, creatividad.


Quizá la pregunta que deberíamos hacernos este verano no sea:

"¿Cómo consigo que mi hijo no se aburra?"

Sino esta otra:

"¿Estoy dejando suficiente espacio para que descubra por sí mismo qué despierta su curiosidad?"



Porque el aburrimiento nunca fue el objetivo.

El verdadero valor está en todo lo que puede nacer después.


¿tu qué opinas?

Te leo,

Radha


 
 
 

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