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Por qué NUNCA-JAMÁS involucraría a mi hija en actividades de arte (y otras mentiras que nos contamos)


Cuando abrí My Little Van Gogh en Ámsterdam, Miranda tenía apenas un año.

En ese momento yo era dos cosas a la vez: una madre intentando seguir el ritmo de una niña pequeña (sí, una toddler con energía infinita)… y una mujer montando un espacio que todavía no sabía cómo describir con palabras, pero que sentía clarísimo en el cuerpo: un lugar donde los peques pudieran explorar pintura, arcilla, materiales sensoriales y messy play con libertad, sin presión y con muchísimo disfrute.

Han pasado años. Mucho.Y sí: Miranda ya tiene 11 (yo tampoco me lo creo 😅).


Y aquí viene lo bonito: la historia que escribí hace casi 8 años sigue siendo verdad… solo que ahora puedo añadir el capítulo que más me emociona. Porque no vi el impacto en una sola sesión “qué mona la foto” — lo he visto a lo largo del tiempo.


No: no “se convirtió en artista” (que tampoco era el objetivo).Pero sí se convirtió en algo que valoro todavía más: una gran pensadora, creativa, resolutiva y buscadora de soluciones. De esas niñas que no se bloquean cuando algo se complica, que prueban otra manera, que hacen conexiones, que se hacen preguntas mejores.

Y eso… eso es lo que Little Makers ha defendido desde el día uno.






La primera vez que entras, piensas: “Esto es para mi hijo”

Si has venido a una clase en nuestro atelier, seguro que viste cómo está diseñado el espacio:cuatro estaciones, preparadas con mimo, que van cambiando de temática, y con propuestas abiertas donde cada niño elige por dónde empezar, cuánto tiempo quedarse y cómo explorar.

En esas estaciones encuentras de todo:

  • pintura (pero no “pintar bonito”, sino pintar jugando, probando, manchando, mezclando)

  • arcilla, masas y materiales moldeables

  • arroz, plantas, elementos naturales, cosas para oler, tocar, apretar, trasvasar

  • herramientas sencillas como rodillos, pinceles, esponjas, goteros… y otras más inesperadas para manipular, investigar y transformar

Es parte clase de arte, parte juego sensorial, parte juego messy (sí, de ese que mancha 😄), parte “¿cómo puede ser que mi hijo se concentre así?”.

Y sí: también es el tipo de experiencia que muchas familias buscan cuando escriben “actividades de arte en Ámsterdam”, “clases de pintura para niños”, “sensory play”, “messy play” o “clases mamá y peque”.


Entonces… ¿por qué NUNCA-JAMÁS involucraría a mi hija?

Porque es peligrosísimo. 😄

Si tú, como madre, padre o cuidador, NO quieres disfrutar tanto como tu hijo, entonces por favor: no vengas.

No vengas si no quieres ver sus primeras reacciones al entrar en contacto con algo nuevo como pintura, oobleck, arcilla o cualquier material sensorial: esa cara de sorpresa, las risas, la emoción auténtica, el “¿pero esto se puede tocar?”.

No vengas si prefieres perderte el momento en el que tu peque descubre:

“Puedo decidir. Puedo probar. Puedo cambiar las cosas. Puedo volver a intentarlo.”

Porque cuando lo ves… ya no lo puedes “desver”.


Lo que vi en Miranda (y lo que he confirmado con los años)


En el caso de Miranda —y esto me sigue fascinando— empecé a ver muy pronto algo que no tiene nada que ver con “hacer manualidades”:

Ella estaba haciendo conexiones.

Causa y efecto.Prueba y error.Mezclar colores y descubrir cómo cambian.Entender cuánta presión necesita un pincel.Ver qué pasa si estampo, si rasco, si goteo, si arrastro, si presiono.

Para un adulto puede parecer “normal”.Pero para una niña tan pequeña… son pasos gigantes en términos de desarrollo cognitivo y maduración motora.

Y lo que más me sorprendía no era lo que “producía”.Era la confianza con la que, semana a semana, se acercaba a los materiales. Como si su cuerpo dijera: “vale, esto ya lo entiendo un poquito… ahora voy más allá”.

Y ahí me reafirmé en un principio básico de aprendizaje:los niños aprenden por experiencia.

No porque se lo expliquemos.Sino porque lo viven con el cuerpo y los sentidos.





La verdad messy: aprender con los sentidos también es aprender a pensar

Me acuerdo perfectamente de una de las primeras sesiones: Miranda probó la pintura. Sí, se la comió. 😅

La semana siguiente ya no.

No porque yo le soltara un discurso.Sino porque ella misma había explorado lo suficiente como para aprender: “esto no es comida… pero es interesantísimo para otras cosas”.

Así funciona el aprendizaje temprano: tocar, oler, probar, repetir, ajustar.

Eso es juego sensorial, sí.Pero también es el inicio de algo mucho más grande: razonamiento, autocontrol, independencia, confianza.


Cada niño tiene su proceso… y ahí está la magia

En el atelier aprendí rápido que no hay “una manera correcta” de explorar.

  • Hay niños que primero observan, luego imitan.

  • Otros se lanzan con las dos manos (y a veces con los dos pies).

  • Algunos son súper meticulosos y precisos.

  • Otros rotan por estaciones rápido y vuelven una y otra vez a lo que les llama.

Y por eso el arte de proceso es tan potente: porque no hay plantilla, no hay “resultado esperado”, no hay presión por hacerlo “bien”.

Si no quieres descubrir facetas de tu hijo que quizá no ves en lo cotidiano —su paciencia, su impulsividad, su curiosidad, su manera de resolver— entonces sí…

Mejor no vengas. 😉


10 años en Ámsterdam… y una historia que también vive en Barcelona

En 2025 celebramos 10 años en Ámsterdam, y puedo decirlo con mucha claridad:

No seguimos una moda — ayudamos a crear el modelo.

Lo que hoy mucha gente llama process art, open-ended play, messy play, estaciones sensoriales, atelier-style classes…nosotras lo diseñamos, probamos y afinamos aquí hace una década.

Y lo seguimos haciendo.

Y lo más bonito: esta filosofía no se quedó solo en Holanda. Con los años, Little Makers creció y hoy también tiene un hogar muy querido en Barcelona, donde seguimos defendiendo lo mismo: infancias con manos manchadas, cabeza llena de ideas y corazón contento.


Lo que empezó como “una actividad para mi niña pequeña” se convirtió en algo mucho más grande


Al principio yo solo buscaba algo que canalizara su energía y que no pudiéramos hacer fácilmente en casa.

Pero se volvió un ritual: un reset, un ratito de conexión, un espacio compartido.

Y con los años he visto en Miranda —y en miles de niños— cosas preciosas:

  • concentración profunda (de esa que sorprende)

  • confianza para tocar lo desconocido

  • alegría por experimentar

  • tolerancia a la frustración cuando algo no sale a la primera

  • y ese mensaje interno de: “puedo volver a intentarlo”

Y de verdad… ¿quién querría eso? 😄





Por Radha OvallesPsicóloga y fundadora de Little Makers (antes My Little Van Gogh en Ámsterdam)

Si estás buscando actividades de arte en Ámsterdam o Barcelona, clases de pintura para niños, experiencias de juego sensorial y messy play, o clases mamá y peque, Little Makers lleva 10 años creando propuestas pioneras de arte de proceso para peques y familias.

 
 
 

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